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lunes, 28 de enero de 2013

El navegante.

Tensó los cabos y escotas correspondientes. Comprobó el estado de la mar y la dirección del viento. Izó la mayor y el foque, y notó cómo las lonas empezaban a hincharse. Puso la mano en la caña del timón y comenzó a temblar.

Habían sido muchos años de adiestramiento. Haz esto, haz lo otro. Virada por avante, por redondo, ceñida y empopada. Botavara, quilla, través. Pero no solo eran palabras. Sabía cómo y cuándo situarse para hacer banda, mirar las lanitas para comprobar que la vela estaba bien direccionada. Incluso una dura preparación física, pues no era algo sencillo lo que se proponía. Al alba salía a correr, hacía pesas, repeticiones, dieta equilibrada. Por la noche estudiaba los mapas, las corrientes marinas, las posibles rutas. Llevaba ya un tiempo racionalizándose el agua, la comida, simulando las provisiones que podría llevar o no en el barco.

Siempre había navegado con instructores que le indicaban qué debía hacer en cada momento y cómo afrontar cada situación. Es verdad que había navegado sólo en ocasiones, aunque siempre cerca de la costa.

En el pueblo pesquero en el que vivía había una curiosa tradición. Todos los años partían un grupo de jóvenes mar adentro. Eran los jóvenes mejor preparados. El resto, permanecía entrenando duro para que llegara la siguiente primavera y poder hacerse a la mar. No era ni una competición ni nada por el estilo, aunque sí que había cierta rivalidad. Siempre estaban los niños pijos, que llevaban los veleros más modernos y preparados, última tecnología con los sistemas de localización por GPS, etc. Y los que se aventuraban con lo que podían, algunos de herencia, otros barcos hechos a mano, con mapas, brújula, sextante. Pero todos apuntaban hacia el horizonte cuando llegaba el día de la partida.

El objetivo era simple. Debían recorrer las mayores distancias, ir a los lugares más recónditos, coleccionar los objetos más estrambóticos y fotografiar todos y cada uno de los detalles de la travesía. No había tiempo límite, podían regresar cuando quisieran. Unos tardaban un par de semanas, otros varios meses, siempre estaban los que regresaban un par de años después y estaban los que se les daba por perdidos pero volvían al cabo de diez o quince años, incluso hubo quien regresó treinta años después. Pero no todos retornaban. Era un reto peligroso, había quienes nunca regresaban y no se volvía a tener noticias de ellos. 

Partían todos a la vez, pero siempre arribaban a puerto en cuentagotas. Era un espectáculo, la noticia de la vuelta de un navegante corría como la pólvora, y todos los del pueblo se arremolinaban en el puerto para darle la bienvenida. Las historias variaban de unos a otros, así que siempre era un gran acontecimiento y preparaban una cena en la plaza mayor para que el navegante contara su hazaña. No obstante, los rumores siempre predecían. “Dicen que estuvo dos semanas encallado en un arrecife y tuvieron que rescatarlo unos pescadores” o “Me han dicho que llegó a un pueblo donde hizo negocio, y ganó tanto que se compró un barco mejor”, “No ha estado ni una semana, y es la cuarta vez que intenta salir ya. Este muchacho no hará nada”, de cada cual chismeaban una cosa. Los había quienes tenían mucha suerte, habían trabajado y viajado, habían comprado recuerdos para todos, y llegaban como grandes aventureros al cabo de los años, aunque muchos de estos se habían dedicado a ir bordeando la costa, por el camino fácil. Otros contaban tremendas hazañas en el mar, tormentas increíbles, naufragios, islas deshabitadas y largas jornadas perdidos en medio del océano, rodeados de las criaturas marinas más bellas. También estaban los que regresaban varios en un mismo barco. Habían unido sus fuerzas y así habían conseguido sobrevivir. Y quienes traían restos de los que habían perecido en la mar.


No todos los jóvenes partían. Siempre había alguno que postergaba su viaje año tras año y nunca partía, se quedaba en el puerto reparando barcos, ayudando en la taberna, etc. También estaban los que partían más de una vez, los que nunca se rendían pese a haber tenido muy mala suerte en sus anteriores expediciones. 

Pero había que dejar de vivir de las historias de los demás. Ya era hora de que él escribiera la suya propia, de sentir en su propia carne qué era aquello de lo que tanto hablaban. Tenía ganas, se moría de ganas, la impaciencia por conocer se le comía por dentro. Pero ya lo había intentado dos veces antes de aquella, y no había sido capaz de salir del puerto. Siempre tenía alguna escusa, “me olvidé de carenar, así no puedo salir”, “tengo la brújula rota”, “prefiero ahorrar durante un año más y comprar una vela mejor”…  

Los días de antes se había reunido con sus compañeros. La mayoría tenía ya las rutas trazadas. Siempre estaba el de “yo voy a seguir la misma ruta que hizo mi padre”. O el que tenía muy claro que su primer destino sería Singapur. Pero él no sabía, era incapaz. “¿Tú que vas a hacer? ¿Cuál será tu rumbo?” “Pues quizás voy hacia el sur, o hacia el norte, tal vez sea oeste”, pero nunca había una respuesta clara y convincente. Había días que se levantaba y parecía que lo tenía muy claro, “quiero ir a China”, pero siempre había alguien que lo desanimaba, “ve con cuidado, hay muchos chinos en china, y no los vas a entender a todos”. 

Había llegado el momento, era la hora, no podía pasar un año más. Contó de nuevo las provisiones. Repasó el estado de cada una de las partes del barco. Esta vez recién carenado, recién pintado, brújula nueva, no podía faltar nada. Se miró en el espejo antes de salir de casa, por última vez. Vio a alguien joven, lleno de ilusión, de fuerza, de sueños. Intentó imaginar cómo sería su reflejo a la vuelta. Con el pelo más largo, dorado por el sol y el salitre. Quizás con alguna cicatriz. Volvió a mirarse a los ojos, y vio el miedo, vio la angustia. Cerró los ojos. Todo se volvió negro. Respiró hondo, y al soltar el aire imaginó que estaba en su barco, y que con el aire que exhalaba de sus pulmones era capaz de moverlo. Volvió a abrir los ojos y vio de nuevo al joven en el espejo. Su reflejo.

Cruzó las crujientes tablas del pantalán cargado con el último petate de provisiones y utensilios. De un bote se subió al velero y éste le respondió con un balanceo de bienvenida. Unas notas alegres que surcaban el ambiente, provenientes de la banda municipal, amenizaban la despedida. “Y recuerda” escuchó de pronto, era la voz de su padre que estaba en el pantalán, “no te desesperes si al principio te cuesta salir de la bahía, es por la corriente del cabo, ya lo sabes. Después cruzarás el estrecho, es una zona complicada y es posible que haya tormenta. Si eres capaz de aguantar un par de meses, después ya vendrá la calma, y ahí todo dependerá de ti.” Se fundieron en un abrazo. “Suerte, y siempre la vista hacia adelante”.

De pronto, se elevó por encima de sus cabezas el seseante cohete para desintegrarse en un sonoro estallido. Marcaba la hora de partir. Tensó los cabos y escotas correspondientes. Comprobó el estado de la mar y la dirección del viento. Izó la mayor y el foque, y notó cómo las lonas empezaban a hincharse. Puso la mano en la caña del timón y comenzó a temblar. Su padre soltó el amarre. Sabía que él lo soltaría, pero no miró atrás para comprobarlo. Notó cómo se deslizaba suave sobre el agua. Como el ladrón perfecto de guante blanco. Había llegado la hora de tomar decisiones, de seguir un rumbo. De ir a la popa de otro navegante, dejarse llevar por la corriente, de no alejarse demasiado de la costa, de no perder de vista su pueblo. O bien de poner rumbo hacia el horizonte, ir de frente a la tempestad, plantarle cara a la vida, tomar sus propias decisiones, asumir sus errores, arriesgar por rutas desconocidas, no ser un vulgar navegante, ser “el navegante”, el navegante que regresa triunfante con la cabeza bien alta, el que está orgulloso de lo que ha hecho. 

Todos navegaban rumbo sudeste. Sabía que esa dirección les llevaba a otro pueblo pesquero cercano, seguramente pensaban pasar allí la noche. De pronto un escalofrío le pasó por la espalda. Sabía que ese no era su lugar. No quería pertenecer a “la flota”. Su rumbo iba a ser diferente y lo iba a marcar él desde el principio, así que empujó la caña pasando por debajo de la botavara. Había una nube negra en el horizonte y ese era su destino. Muchos pensaron que estaba loco, que para qué arriesgar tan pronto. Todos desconocían qué había detrás de aquella tormenta y el único que al final lo supo fue él.

miércoles, 20 de junio de 2012

En la noche del gato negro.

Con la capa enrollada en una mano presionaba la herida de su vientre. La sangre no dejaba de brotar de aquel corte profundo. También la nariz sangraba, y sentía un fuerte dolor de cabeza. Minutos antes había perdido el equilibrio, y el conocimiento al caer, después de aquel certero porrazo con un ancho madero en medio de su rostro. No sabía cómo había podido fallar, el plan era simple. Ahora había conseguido llegar arrastrándose a un pequeño porche, por lo menos así sería algo menos visible si pasaba la guardia, y sentado apoyaba su espalda contra la pared mientras repasaba una y otra vez los hechos. 

“Si me hubiera agachado”, “debería haber esperado un poco a saltar”, “tendría que haber sido más rápido, seguro que si hubiera ido a matar en vez de a coger el dinero”, “sí, esa era, es más fácil registrar a los muertos, pero yo siempre pensando en ser el más elegante, y así me lo devuelve la vida”. Eran algunas de las frases que se repetían una y otra vez en su mente.

La táctica era sencilla, solamente tenía que sorprender a ese par de viandantes, intimidarlos con su espada y escapar con el dinero. Era lo que siempre hacía, y siempre resultaba, además conocía aquellas callejuelas, si algo salía mal solamente tenía que salir corriendo y esconderse en uno de los múltiples lugares que tenía pensados. Pero aquel día todo había salido mal, mucho peor de lo que podía haber imaginado.

La sangre seguía corriendo, la noche estaba ya avanzada, y pedir auxilio simplemente agravaría las cosas. Intentaría levantarse sin éxito un par de veces, pero había perdido mucha sangre y las piernas le flaqueaban, sería inútil intentar andar. La vista empezaba a nublársele y una profunda acidez le quemaba por dentro. 

Era ya de noche cuando se escondía agazapado en la sombra, esperando a que sus dos víctimas estuvieran lo suficientemente cerca. Eran dos tipos vestidos de negro, inclusive su capa y su sombrero. Su pulso era muy acelerado justo antes de sorprenderlos y respiró hondo. Los nervios le invadían. Nunca había creído en supersticiones, pero aquel gato le miraba de una manera extraña, era como si supiera lo que iba a suceder, los ojos negros del felino estaban clavados en los suyos, y de pronto saltó en medio de la calle. Esto hizo que las dos figuras oscuras dieran un pequeño brinco. Aprovechando la situación decidió que ese era el mejor momento para salir de su escondite con la espada en la mano. 

-¡Denme lo que tengan y no saldrán heridos!- gritó amenazando con la punta de su ropera.

Pero ambos sujetos echaron un paso atrás y desenvainaron sus armas. El primero de ellos lanzó una estocada que hábilmente fue desviada por el hierro del ladrón. Nunca había estado en esta situación, siempre había tenido la suerte de que nadie se defendía. Intentó alcanzar a uno de ellos, pero también fue desviada la embestida. De pronto sintió un pinchazo en el vientre, y su cuerpo, casi por instinto intentó la huída. Giró bruscamente para salir corriendo, pero calculó mal y se golpeó fuertemente con uno de los travesaños que sostenían el porche a sus espaldas. El pánico de la situación lo había vuelto torpe.

Quería llorar pero las lágrimas no le salían. Sabía que su vida se le escapaba de las manos. Los párpados empezaban a pesarle, ahora parecía que ya no le dolían tanto las heridas. El sueño lo invadía por completo, empezaba a desvariar y a ver imágenes, hasta que perdió por completo la conciencia.

Los primeros rayos de sol empezaron a invadir la calle. Una madre y su hijo cruzaban en ese momento por allí cuando el pequeño gritó:

-¡Mira madre, allí hay unas piernas con sangre!

-¡Dios santo!- Exclamó la mujer mientras se santiguaba. –Qué horror, parece alguien joven. 

La mujer se acercó y descubrió el rostro cubierto por un sombrero oscuro de ala ancha. 

-¡Ahhh! ¡Madre Santísima!- Gritó mientras se volvía a santiguar- ¡Corre! Ve a llamar al señor Luís el panadero. Es su hija. 

La muchacha presentaba un corte profundo en el abdomen. Había muerto desangrada. También tenía la nariz rota e hinchada. Su padre no comprendía por qué llevaba sus ropas y su espada. Aunque ahora le sería más fácil imaginar de dónde habían salido los ingresos de la muchacha en los últimos meses.

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El texto anterior pertenece a un pequeño experimento que realizamos entre varios amigos aficionados a la escritura. Se propuso un título, en este caso "En la noche del gato negro", y cada uno preparaba una narración que le inspirara ese título. Podéis leer algunos de los otros textos aquí:





miércoles, 1 de febrero de 2012

Padua. Una noche estrellada.


Esta noche bajaría las estrellas para crear con ellas un vestido de luces que ilumine tu cuerpo, una prenda transparente de luz que no oculte tu belleza sino que te dé el esplendor que mereces.

Esta noche bajaría las estrellas para que danzaran alrededor de tu silueta, que cubrieran de brillantes destellos tu cabello, oscuro como la noche, para tener el firmamento más cerca.

Tus ojos bien podrían suplantar al astro rey en el día y en la noche destellar como la Luna. Tu cuerpo, color de la tierra fértil, viva, bronceada por el sol, dunas en el desierto de arena fina, amanecer en la montaña y anochecer en el mar.


La suerte de tener un paraíso en mis manos, poder acariciarlo con la mirada y sentirlo con el alma. Qué suerte tener un universo inexplorado para mí, una isla desierta en el océano cargada de tesoros, la tierra prometida que puedo estrechar en mis brazos, esa es la suerte que tengo.

Bajo las estrellas acariciaría tu cara iluminada y me acercaría a tu oído para, con una voz muy débil pero segura, casi inaudible pero clara, decirte “te amo”, y continuar con el beso más dulce y apasionado con el que jamás has soñado.

miércoles, 4 de enero de 2012

Sicilia. El contrato.

No hay papel, no hay pluma, ni bolígrafo, ni cartón. No hay lápiz ni lapicero, ni cuaderno donde rubricar. Pero es inquebrantable ley natural que aparece y desaparece entre dos. Sube, baja, se desliza suave la mano grabando en sangre las palabras invisibles para los ojos, brillantes y claras para el músculo motor, principal impulsor de vida. No sabes qué está dentro ni qué está fuera, solo lo sientes cuando te sales de los márgenes, cuando uno u otro los cruza, entonces te das cuenta de cuáles son los límites y cuál es la pena.

No hay juez ni jurado, no hay cárcel, prisión, jaula o recinto de pena. Todo en uno mismo, tu propia cárcel y tu propio carcelero, tu propio juez y duro jurado. Hay quien trata un plan de fuga y quien se infringe la pena más dura. Las reglas cambian según la persona, hay quien es capaz de vivir feliz en su propia prisión de sentimientos cruzados mientras que para otros las rejas son de frágil papel. Cruzas la estancia, sales y vuelves a entrar y así hasta el fin.

Cruel inquisición de pensamientos que juzga cada movimiento, cada estado y cada acción. Cruel sacerdote moralista que te habla de respeto, confianza, fidelidad y amor; y dulce diablo que te invita a cruzar la línea, a traspasar la pared, a probar la fruta dulce de lo prohibido, a ser la Eva de lengua bífida que controla el manjar y lo ofrece con talentosa retórica y persuasión. Bruja, sirena envuelta en un mar de humo que confunde los sentimientos. Océano denso que abre distancia entre dos tierras que estaban unidas. América y África.

El equilibrista se mantiene en la cuerda floja para no caer al abismo, tentativo y burlón. Pero el caballo alado cruza el cielo e interrumpe la exhibición de hombría cazando al que tropieza para llevarlo a lugar seguro. Ahí está la cárcel, el paraíso, el juez y el verdugo, todos esperan ansiosos, pero nadie mira, nadie sabe. La cabeza de caballo en la cama tiñe las sábanas de rojo. Nunca traiciones a la familia, la familia es lo importante.







miércoles, 7 de diciembre de 2011

Los tres consejos del rey.

Mientras navegaba por el Amazonas conocí a un chico llamado André que nos acompañaba en las noches mientras tomábamos cerveza, tocábamos la armónica y cantábamos rancheras a la luz de las estrellas.

El tema es que entre canción y canción también intercambiábamos relatos que o bien habíamos inventado o bien habíamos leído en alguna parte. Uno de los que contó nuestro amigo André me pareció curioso y lo comparto con vosotros, él lo tituló “los tres consejos del rey”, o algo así:

             “Había una vez un muchacho que vivía en un pueblito pequeño. Un día conoció a una preciosa chica también de su pueblo y se enamoró. La muchacha quedó embarazada pero como ellos eran muy pobres él decidió irse a buscar un trabajo lejos de su pueblo para poder mantener a su familia. El muchacho caminó y caminó y al final llego a un precioso castillo. El rey lo recibió y el muchacho le contó su historia, a lo que el rey le respondió dándole trabajo como ayudante en la cámara real. Pasaron los años y el muchacho había cogido tal confianza con el rey que ya prácticamente eran como amigos. Pasaron 20 años desde que el muchacho marcho de su tierra y creyó que ya era tiempo de pedir su parte al rey y regresar. Se reunió con el rey y éste le ofreció un trato. Podía pagarle una gran suma de dinero por los 20 años a su servicio o bien podía ofrecerle 3 sabios consejos. El hombre se quedó un rato pensativo pues si se quedaba todo el dinero no necesitaría trabajar más en su vida, pero quizás los consejos le fueran necesarios, así que al final dijo: “me quedo con los consejos”. EL rey se sorprendió gratamente pues pensaba que había tomado una buena decisión.

- El primer consejo que te doy – dijo el rey – es que nunca dejes un camino viejo por seguir uno nuevo. El segundo, que no te metas en asuntos que no te incumben. Y el tercero es que antes de actuar piensa dos veces.

El muchacho no entendió muy bien para qué le iban a servir estos consejos, aun así agradeció al rey, tomó sus pertenencias y empezó el camino de regreso.

Al poco tiempo de estar caminando observó una bifurcación, por un lado seguía el camino viejo, por el que él vino cuando llegó al castillo. Pero éste parecía en desuso, las hierbas habían ocultado parte del mismo. Al lado había un camino nuevo, adoquinado y mucho más acondicionado, parecía llegar al mismo lugar. Por un momento pensó en ir por el nuevo camino pero recordó el consejo del sabio rey que le decía: “Nunca dejes un camino viejo por seguir uno nuevo”, entonces se lo replanteó de nuevo y decidió tomar el antiguo camino.

Llevaba varios días de viaje y las provisiones escaseaban ya, además empezaba a hacer frío y se estaba haciendo de noche. Entonces vio a lo lejos un castillo y se aventuró a preguntar por refugio. Enseguida le abrieron y el señor del castillo le invitó a comer, pues estaba solo y pensó que un poco de compañía no le vendría mal. Empezaron a servir la cena, un gran banquete, y mientras el señor le preguntaba sobre la vida del hombre. Éste le contaba todo aquello que podía para tener contento al señor. No obstante, el hombre no dejaba de escuchar unos gritos que parecía que venían de unas mazmorras, eran bien desagradables y se moría de ganas por preguntarle de dónde procedían aquellos aullidos. Pero de pronto volvió a recordar el segundo consejo del rey, “no te mentas en lo que no es de tu incumbencia”, y decidió ignorar el griterío.

- Estoy asombrado, – dijo el señor al terminar la cena – has estado toda la noche aquí y no me has dicho ni una sola palabra acerca de los gemidos. Eso me alegra, pues siempre que tengo algún invitado como tú me pregunta, lo cual me pone muy furioso y lo encierro allí con el resto. En cambio tú no has dicho nada y por ello te voy a regalar un caballo y provisiones para que tengas un buen viaje de regreso y además añado 15 monedas de oro, con lo que tendrás para alimentar a tu familia durante un buen tiempo.

- Muchas gracias, - dijo el hombre – aunque antes de marchar me gustaría hacerle una pregunta. Al venir hacia aquí había una bifurcación con dos caminos, uno bien nuevo y el que me ha llevado hasta aquí. ¿A dónde se dirige el camino nuevo?

- Buena pregunta, el nuevo camino es prácticamente paralelo a éste, la diferencia es que aquel camino está frecuentado por comerciantes, pues llevan carros pesados y esto atrae a los ladrones que también merodean la zona, estoy seguro de que te hubieran asaltado. En cambio, este camino es tranquilo pues nadie se aventura a tomarlo. Y ahora ve y no te demores, pues tu mujer lleva muchos años esperándote. – Concluyó el señor.


En los siguientes días el hombre avanzó bien rápido, pues tenía un buen caballo. Al fin estaba llegando a su casa, se plantó en la puerta e hizo la intención de llamar, pero se detuvo antes de hacerlo y prefirió mirar por la ventana a ver si había alguien. De pronto, vio una imagen que le sobrecogió, su mujer estaba abrazando a otro hombre, joven, bien alto y fuerte. Ella le había traicionado. Entonces entró en cólera el hombre y cogió un garrote que había en la puerta esperando a que saliera el amante. La puerta se abrió y cuando estaba a punto de dejarlo seco de un garrotazo recordó el tercer consejo “piensa dos veces antes de actuar”. Esto hizo que bajara el madero y lo depositara en el suelo. Miro bien a aquel hombre y se fijó en sus ojos, eran igualitos a los suyos. Era su hijo. ¡Pero qué barbaridad hubiera cometido si hubiese actuado sin pensar! Él se presentó, y los dos se fundieron en un abrazo. Gracias a los tres consejos del sabio rey el hombre consiguió regresar con su familia.”



Bueno, y hasta aquí su relato, o mi versión de su relato pues tampoco lo recuerdo palabra por palabra. No es que sea muy profundo, ni demasiado elaborado, pero tiene su aquel. Se le pueden dar muchas interpretaciones a esos tres consejos. Espero os haya gustado.




miércoles, 30 de noviembre de 2011

160 palabras de intercambio.


Anuncio. Información. Examen. Idioma. Papeles. Espera. Noticia. Beca. Ilusión. Alegría. Papeles. Papeles. Mails. Internet. Buscador. Vuelo. Tarjeta. Billetes. Embajada. Visado. Seguro. Vacunas. Papeles. Maleta. Nervios. Insomnio. Aeropuerto. Despedida. Lágrimas. Abrazos. Angustia. Billetes. Maleta. Seguridad. Puerta. Espera. Embarque. Avión. Cinturón. Nubes. Distancia. Incomodidad. Película. Conversación. Película. Comida. Servicio. Asiento. Espera. Cinturón. Aterrizaje. Frontera. Pasaporte. Maletas. Descontrol. Sms. Mapa. Taxi. Hostal. Bienvenida. Amistad. Charla. Cena. Cerveza. Fiesta. Universidad. Fiesta. Bar. Alcohol. Discoteca. Descontrol. Resaca. Madrugar. Clases. Profesor. Asignaturas. Convalidaciones. Compañeros. Lengua. Acento. Amistad. Amistad. Residencia. Internet. Skype. Familia. Nostalgia. Recuerdos. Consejos. Preguntas. Todo bien. Facebook. Fotos. Amigos. Fiesta. Alcohol. Chico/a. Sexo. Amor. Relación. Mochila. Viaje. Autoestop. Coche. Bus. Tren. Barco. Moto. Hospitalidad. Costumbres. Comida. Música. Baile. Regreso. Estudio. Clase. Compañeros. Opinión. Clase. Clase. Trabajos. Estudiar. Estudiar. Exámenes. Papeles. Papeles. Despedidas. Fiesta. Abrazos. Promesas. Lágrimas. Pena. Maleta. Aeropuerto. Avión. Reencuentro. Familia. Amigos. Lágrimas. Abrazos. Alegría. Comida. Hogar. Cama. Recuerdos. Añoranza. Papeles. Papeles. Convalidaciones. Nostalgia. Facebook. Recuerdos. Fotos. Experiencia. Inolvidable.

martes, 8 de noviembre de 2011

Venecia. El día más largo.


ATARDECER.

Son gigantes, están por todas partes, me miran, me observan, pero no se mueven, no tiemblan, seguros de sí mismos. Con brazos de hierro se abrazan, mantienen las distancias, vías de transporte que les recorren el cuerpo, se introducen en sus entrañas y luego vuelven a salir. Sus cabezas están tan altas que es imposible verlas, aunque sé que desde arriba permanecen vigilantes. Creo que algo quieren contar, de algo quieren advertir.

Dormida, impasible a la situación, Morfeo vino a buscarla, no hay nada que hacer. Cada vez nuestra distancia se acentúa más, físicamente tan juntos pero una eternidad entre nosotros.

Parece que ahora han decidido cubrir el cielo con el manto gris, plomo, como suelen decir aquí.

NOCHE.

Ahora ya es negro. Llantos en la noche, no auguran nada bueno. Parece que ya lo sabían, eran conocedores, tan altos, tan grandes. Se esconden tras el oscuro velo de la noche para no volver a aparecer. Luces de colores como de una feria ambulante, un espejismo.

La noche es larga, abrupta, distante. La mirada recorre la estancia, balanceante mirada, sin una visión clara; los ojos, se mueven una y otra vez en su búsqueda incansable; la imaginación vuela, imágenes inertes recorren el angosto camino de los pensamientos, cada visión es peor que la anterior. Tambores. El tiempo pasa y en su transcurso la realidad se unirá a lo imaginario. Ese es el temor, el miedo, la angustia, la rabia, la decepción, desesperación, desfallecimiento, llanto.

Los músculos que antes parecían inmóviles reciben el impulso eléctrico del cerebro, reciben la orden: ¡Muévanse!

Descienden. El contacto del frío metal en los pies no los detiene a caminar, primero en una dirección, en dirección a la esperanza. Al comprobar que el lugar se encuentra vacío el color verde desaparece de la mente, se convierte en un azul oscuro muy triste, como el del mar en la noche, una noche sin luna, sin estrellas. Los pies ya se dirigen temblorosos en la dirección opuesta, vacilantes, con un rumbo claro pero con temor a lo que pueda venir, ahora los pensamientos no dejan espacio a la duda. Un sentimiento contrariado recorre el cuerpo, sabe lo que va a venir, ojala sea mentira, pero la única manera de estar seguro es dejando que las extremidades inferiores sigan su camino.

Ahora son las manos las que sienten el frío metal, los ojos ven pasar esas líneas horizontales de arriba abajo, haciéndole saber al cerebro que la ascensión marcha bien. Los tambores, que sonaban ya con ritmo desde que los ojos habían dado la voz de alarma por su ausencia, sonaban ahora con más fuerza. En cada escalón el ritmo cardiaco se incrementaba, dum, dum, dum, dum… El sonido era insoportable, parecía que toda una tribu golpeara con fuerza la piel tensa de sus instrumentos. Como si una esfera se hinchara en el interior y se deshinchara con cada golpe percutido. Cada vez era más grande, cuesta respirar, mantener la calma. Es una batalla interna donde se puede oír el rugido de los cañones, la tempestad en el mar, los bramidos de un volcán que expulsa al infierno de sus entrañas, a la bomba caer mansa del cielo que a Espronceda tanto le alegraba ver caer; el instante más violento de la batalla de Lepanto, la tormenta que hundió a la Armada Invencible, el terror en la cámara de gas.

Fuera todo parecía tranquilo, inalterable, un silencio sospechoso, demasiado amable. El azul oscuro de antes empezaba a volverse de un rojo destellante, infernal, bravío, rápido, amenazante, peligroso, incandescente. Es cuando el hechicero aparece e introduce la mano en el pecho para extraer, después de hacer crujir las costillas, el estómago, estrujándolo hasta que por la presión los líquidos se escapan entre sus dedos. Todo eso pasaba dentro de la muralla corpórea después de que las pupilas dilatadas dejaran entrar aquella imagen, una imagen que ya era conocida, ya había pasado una y otra vez por la mente, la diferencia es que ahora era verdad, estaba allí, era la realidad, por fin el nexo de unión aparecía.

A partir de ese momento todo se volvió oscuro, todo se congeló, helado viento soplaba en medio de la lengua del glaciar, en medio de la nada, todo era distante, infinito, frío, muy frío, pero el sudor igual manaba. La boca seca y el estómago vacío. En realidad todo estaba vacío, era un vacío inmenso, todo había desaparecido, salvo la imagen, una imagen que está grabada a fuego, y se repite. Es una proyección de diapositivas, mentira, de diapositiva, solo una, que se repite una y otra vez, una y otra vez.

La sirena sale del agua, mojada, bella, pero traicionera, embustera, malvada. A simple vista no lo parece pero así es, sin ninguna duda. Quiere arrastrar al ente al fondo del océano, es su misión, sus ojos hipnotizan pero ya son conocidos, por ello que no existe la confianza, no hay perdón que valga, la noche es para el llanto, la amargura, no para el perdón.

Larga es la noche, parece que el tiempo se detiene a la espera de que salga el sol, un sol que nunca sale, un sol que se ha apagado, ahora todo es en blanco y negro, muerto, inerte, sin color, sin olor ni sabor, sin luz ni claridad, todo parece envuelto por una niebla gris, densa, que no deja a los pulmones funcionar, no es vapor de agua, es ácido, ahoga, adormece la mente. La noche está concebida para dormir, no para hablar, para descansar, no para persuadir.

AMANECER.

Parece que un rayo de sol quiere empujar el manto negro. Un azul celeste tiñe el cielo. El verde de los árboles a ambos lados del río hace que el corazón se relaje. La luz del día empieza a brotar, hay una tregua aunque el frío de la noche pasada sigue anidado en lo más profundo. Las nubes empiezan a pintarse de rojo, pero ahora ya no parece un color amenazador, parece que el día quiere explotar, aunque aun hace frío. Ha sido una larga noche.

DÍA.

Cada palabra que no quiero creer sale de su boca. Mentira, sí quiero creer, quiero confiar, ¿por qué no? Quizás es eso, una mala praxis, un intento fallido. Ha logrado su objetivo, pero no le gusta el resultado; el cuerpo quiere perdonar, la mente, como siempre, cauta, fría, calculadora cree que no es buena idea, sabe lo que puede pasar. ¡No tienes memoria, la memoria soy yo! Le grita al corazón. Pero no quiere escuchar. El consejo de sabios se ha reunido, escuchan los argumentos del acusado. No había consumido drogas, fue un ataque premeditado, a sangre fría, aprovechando un desliz de la víctima. ¿Cuál es el fallo del jurado? La defensa, el corazón, intenta convencerles, no tiene argumentos lógicos, como suele acostumbrar, siempre apela al sentimiento utilizando las más oscuras y sucias triquiñuelas. En cambio, el cerebro utiliza argumentos, él es el dueño y señor de todas las bases de datos de la memoria, tiene la experiencia de lo sucedido en veces pasadas, lo tiene muy claro, no se perdona.

Aunque el cerebro es quien tiene la última palabra el jurado tiene una decisión, y él ha de acatar. “Se libera de todos los cargos al acusado, démosle una segunda oportunidad tal y como pide”.

El cerebro no está contento con la decisión por ello avisa y añade: “Estará en libertad condicional y a la mínima que se produzca el más pequeño fallo se procederá a culparle con la máxima pena”.

Así continúa el día, parece que la luz ha borrado cualquier atisbo de sombra de la pasada noche, todo parece blanco, puro, los colores son vivos y así pasan las horas.

ATARDECER.

Algo cambia en el cielo, la luz no es tan intensa pero es capaz de entrar hasta lo más hondo. De pronto un rayo rojo se desprende del cielo y atraviesa el cuerpo. Es capaz de perforar el corazón y el estómago, y el cerebro recibe la señal. Algo va mal, ya no funciona todo como es debido, ya vuelve a hacer frío, el calor que se sentía durante todo el día ha disminuido, ya no tiene fuerza. Por mucho que cada parte del cuerpo quiere evitarlo ahora el cerebro habla y todos escuchan, ahora parece más sabio que nunca, la decisión es clara, no hay vuelta atrás. La luz se desvanece, vuelve la noche, irremediablemente.

Todo es cíclico, todo vuelve, volverá la luz ¿pero cuándo? Esperemos que llegue el verano, el invierno ya está durando mucho.

NOCHE.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Roma. Otra vez la misma historia.

¿Qué haces aquí? ¿Cuántas veces te he dicho que no quiero volver a verte? ¿Es que no me entiendes cuando hablo? Estoy harto de que entres en mi casa sin avisar, ¿Cómo has conseguido esta vez la llave? No, no me mientas, yo no te la di. Sé perfectamente lo que hice la otra noche, pese a estar ebrio, y recuerdo que te dije que no quería volver a verte, así que imposible que yo te diera la llave.

¿Qué no te acuerdas lo que pasó la última vez que lo intentamos? Entonces sí que quería que estuvieses aquí, a mi lado, y perfectamente sabes lo que pasó. ¿Por qué me dejaste? Tan solo estuviste tres meses, y me arruinaste la vida, te llevaste contigo todo lo que yo, durante tanto tiempo, había ganado. Aun así tuve que trabajar duramente durante tres años más para enmendar tu huída, pese que ya no estabas a mi lado. Sabes que aquella casa la compré por ti. Siempre esperé que regresaras. Vendí la casa y pude marchar del país. Sé que después intentaste localizarme, no me lo repitas, pero yo hice todo lo posible para que no me encontraras.

Sí, hace ya dos años que marché, y cinco de la última vez que nos vimos. Lo del otro día, sí, lo de encontrarnos la pasada noche fue pura casualidad. Sabes que cuando bebo soy mucho más fácil de convencer, por eso accedí a tomar una copa contigo, por los viejos tiempos. Pero de ahí a que quieras volver conmigo hay un mundo.

No, no voy a echarte, pero no porque no quiera, si no porque sabes que no puedo hacerlo. Nunca te obligué a nada, pero si te quedas me harás daño, ahora no estoy preparado. Sí, tienes razón, pero sabes que no solo depende de ti y de mí. Es algo que nunca entendiste, tú vienes y te vas cuando te place, sin previo aviso te presentas y luego, sin dejar la más mínima nota, te marchas. Lo más que recibí fueron un par de cartas tuyas prometiéndome que ibas a volver. Mentira. Cuando más te necesitaba no estabas. Ahora he aprendido a vivir sin ti. Sin tus caprichos, sin tus arrebatos de pasión. Sé que la vida contigo es más emocionante, pero, no puedo confiar en ti. Me has traicionado tantas veces que ya he perdido la cuenta. Nunca me has tratado de manera justa, además, cuanto más te digo que te vayas, más intención tienes de quedarte, y eso es algo que odio.

Por cierto, ¿has hablado con ella? No. Como siempre. Sabes que ella es la clave, si ella te da permiso y te deja entrar en su casa puedes entrar en la mía, siempre ha sido así. Bueno, vale, tienes razón. Las últimas veces sí que ibas a su casa y aun así yo no quería oír hablar de ti. Pero ahora aquí estás, ya has dejado tu ropa otra vez en el armario, vienes dispuesta a quedarte. Solo te pido una cosa, por favor, habla con ella, intenta colarte en su casa igual que has hecho conmigo, yo te echaré una mano, hablaré con ella también, pero sabes que sin ti no tengo nada que hacer. Eso sí, si no lo consigues, vete, por favor, vete de aquí y déjame en paz, ya tendrás tiempo de regresar, pero no me vuelvas a hacer lo que tantas veces me has hecho. No me tiendas otra vez tu trampa, pues sabes que soy débil y volveré a caer en tu red.

Estás a tan solo un paso del odio, y normalmente no correspondes como es debido. Me dices que mucha gente hace grandes cosas por ti, y que cuando te lo propones puedes mover montañas. Pero yo he luchado tantas veces por ti, y casi siempre he perdido. Siempre te propones como una alternativa a la guerra, pero en el fondo lo único que cambias es el campo de batalla, ya no hay lucha física, es interna, es siempre entre tú y yo. ¿No comprendes? Me dices que la gente muere por ti e incluso mata por ti, y te quejas de que yo no quiero luchar en tu nombre. No, no lo voy a hacer, o quizás sí, eres una víbora y en cualquier momento me inyectarás tu veneno, tu droga. Contigo es una batalla perdida, lo único que te ruego es que no me hagas daño, no me hagas daño otra vez, amor.

martes, 6 de septiembre de 2011

¿te suena este cuento?

Mi hermana de 13 años sabe la verdad y así se la conté:


“Había una vez, en un asentamiento “UngaUnga”, mucho anterior a los Cromañones, por lo menos en la edad de los Picapiedra, un niño que todo lo preguntaba.


-Papá, papá, ¿por qué se hace de noche y luego de día? – Preguntaba el niño a su padre.
-Yo qué sé hijo. – Contestaba su padre.
-¿Y por qué se mueve el sol?, ¿y por qué por la noche sale la luna?, y las estrellas, ¿qué son papá?,  ¿a qué huelen las nubes? – Preguntaba insistente el hijo.

El padre, ya harto de escuchar al hijo, y al no saber la respuesta le contestó:

-Mira hijo, a qué huelen las nubes se lo preguntas a tu madre –sí, es un comentario machista, pero en esa época eran muy machistas-, con respecto a lo del sol y la luna y tal, algo te puedo explicar:

El Sol es un dios, un dios que nos vigila y nos protege durante el día, es el dios del fuego y por ello es el que calienta con la hoguera el interior de nuestra cueva. Pero es un dios algo arrogante, y no le gusta que le miren directamente, si lo haces te quema los ojos y te deja ciego. Por la noche sale su mujer, la luna, a pasear, y siempre va acompañada de un montón de doncellas blancas que son las estrellas.

El dios Sol es generoso, y de vez en cuando nos regala agua dulce del cielo, aunque a veces, si nos portamos mal nos tira mucha agua para que nos ahoguemos y lanza rayos de fuego que queman hasta los bosques. Por eso no hay que hacerle enfadar. 

Y así prosiguió el padre contándole historias inventadas a su hijo hasta que el hijo dejo de preguntar.

Al día siguiente, el niño se fue con los amigos y les contó las maravillas que su padre le había contado. Todos escuchaban atónitos el relato del pequeño. Cuando acabó el discurso, todos volvieron a sus casas y contaron lo que habían escuchado a sus padres.

En la aldea se generó gran conmoción por lo sucedido, pues al parecer alguien había dado con la solución para que los niños dejaran de preguntar “tonterías que no tienen relevancia para la vida”, según describían algunos. Por lo tanto se decidió formar un comité de sabios para regular y perfeccionar aquellas historias y que todos contaran las mismas.

Con el paso de los años estos niños fueron creciendo y se hicieron mayores. Formaron sus propias familias y tuvieron hijos. Cuando sus hijos empezaban a hacer preguntas estos lo tenían muy fácil, pues simplemente les contaban los cuentos que a ellos mismos les habían contado. En el caso de que alguna pregunta no tuviera solución iban corriendo a casa del sabio de la aldea, que era aquel que se había inventado aquellas historias, y les proponía una nueva.

En la aldea todos eran muy felices pues, fuera como fuese tenían la respuesta a todas y cada una de las preguntas. Y lo mejor de todo era que ellos creían que eran verdad y confiaban en el sabio.

El sabio siempre quería contarles que todo aquello era mentira, que se lo había inventado él, pero nunca encontraba el momento idóneo. Al poco tiempo el sabio murió sin desvelar el secreto. Con el paso de los años y del boca a boca, las historias del sabio fueron modificadas y cada vez eran más fantásticas, más mágicas y más maravillosas. Todos creían que eran verdad, e incluso creaban altares para rezar a los falsos dioses que el sabio había inventado.

El problema surgió cuando una persona se dio cuenta de que esto era mentira. Y en vez de desvelar el secreto decidió utilizar la gran influencia del viejo sabio para manipular a los ciudadanos.

-Yo estuve una vez con el viejo sabio y me dijo que para que el mar dé más peces hay que hacer una ofrenda al dios del mar una vez a la semana. Si queréis yo me encargaré de construir el altar en mi propia casa, ya veréis como la pesca se multiplica cada día.- Dijo en una ocasión para así obtener comida gratis.

Y así, día tras día, iba añadiendo más y más frases al legado del sabio. Se hizo muy rico a costa de los demás, e incluso lo nombraron sacerdote del poblado. Llegó a afirmar que podía hablar con el sabio muerto y rezar por todos los de la aldea.

Con el tiempo, las historias del sabio, muy modificadas por el paso del tiempo, se reunieron junto con más historias populares de otros poblados en un solo libro. Ahí estaba la verdadera religión, según afirmaban ellos, y lo denominaron “el libro sagrado”. Aparecieron también muchos profetas que interpretaban de maneras diferentes aquel texto.

Muchos fueron los que conquistaron y mataron por él, manipularon, quemaron, torturaron, saquearon, etc. Si aquel hombre sabio hubiera sabido en qué se iba a convertir aquel cuento para niños, hubiera preferido nacer mudo.”

El anterior relato es completamente inventado, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. ¿A quién se le ocurriría pensar que esto pudiese haber pasado así? 

viernes, 2 de septiembre de 2011

Estimada Soledad.

Hoy publico un texto que escribí hace ya algunos años. Lo publico en la lengua original en la que fue escrito, en mi lengua materna. Más abajo encontrarás la versión castellana.

Estimada Soledat: 

T’escric a tu perquè ets l’únic que em queda. Saps de sobra qui sóc, per tant sobren les presentacions. Vaig a contar-te com vaig arribar ací i per què, després de tant de temps junts, t’he de deixar. 

Vaig acudir a tu perquè la meua família m’odia, però no els culpe, ja que era la meua intenció. Sé que en el passat he comés molts delictes, però si he fet mal era per evitar un dolor més fort. 

Primer vaig començar amb la meua dona. Ja feia temps que no teníem una bona relació. Jo l’estimava molt, era tot pera mi, però ja havia pres una decisió, havia de separar-me d’ella i que damunt m’odiara, m’odiara tant que ella fins i tot poguera desitjar no tornar-me a vore. Jo sabia que ella mai em perdonaria la infidelitat; jo no pretenia ser-li infidel, només fingir-lo. 

Tots els dies agarrava el cotxe i passava dos o tres hores dins d’ell, tot sol, en un camí apartat del poble; després arribava a casa i fingia borratxera, altres dies dormia en el cotxe, tot per donar a entendre que estava fent coses “poc” legals. 

Els meus fills també s’adonaven del que passava, però és més difícil fer que t’odien persones que t’han apreciat tant. Aleshores vaig haver de prendre també alguna mesura amb els meus fills. Vaig haver de canviar la meua actitud. Vaig haver de passar, de ser un pare tendre a una bestia inhumana, havia d’aconseguir que m’odiaren a mort. 

Mai fins aquell moment els havia ficat la mà damunt, sé que la injustícia no es perdona així com així. 

També li vaig pegar a ella. Res important, però prou perquè em tinguera temor. Fins i tot la vaig amenaçar. 

Poc va tardar la carta amb una ordre d’allunyament. Ja ho havia aconseguit, era el que esperava, el meu propòsit. Tot el món estava en contra meua. Era odiat per tots. Si me n’anava ja no em trobarien a faltar. 

Vaig aprofitar l’ocasió per marxar. Abans de res ja havia arreglat tots els comptes del banc i li havia deixat la cartilla plena, amb prous diners perquè poguera traure endavant la família sense cap dificultat. 

Feia ja més de sis mesos que havia començat amb aquella actitud prepotent. Tot el món creia que me n’havia anat amb alguna amant. I ningú es va equivocar, va ser en aquell moment quan et vaig conéixer. 

Ara me acomiade de tu també, però a tu no et vull mentir. Et deixe per la mateixa raó que vaig deixar la meua dona, però en tu és diferent, sé que tu no ploraràs per mi. Per això et conte la veritat: 

Fa ara set mesos que em van diagnosticar una malaltia terminal. Segons el metge, feia més d’un any que ja la patia, però encara no s’havia manifestat. Em va dir que em quedaven cinc mesos de vida. Sé que segurament aquesta siga la meua última nit ja que del meu cos està quasi tot paralitzat, i si no em mor per la malaltia moriré per deshidratació, ja que les cames les tinc inútils i no em puc menejar. Volia suïcidar-me, però a l’únic que les meues mans arribaven era a aquest paper i a un llapis. 

Sé que si ara estiguera amb la meua família estarien tots al meu voltant, plorant per mi. Sé que el seu sofriment s’haguera perllongat molt més enllà de la meua mort. Em pareixia una actitud egoista i vaig preferir desaparèixer de la manera que fóra menys dolorosa per a ells. Reconec que no va ser la millor forma, però ara ells sé que ja m’hauran oblidat. Era la meua fi. 

Tot el que he fet ho he fet per amor a la meua família. Deixant de banda el meu sofriment. Ara ja s’acaba. Podré deixar de plorar. 

Adéu Soledat.


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VERSIÓN EN CASTELLANO


Estimada Soledad:

Te escribo a ti ya que eres lo único que me queda. Sabes de sobra quien soy, por lo tanto sobran las presentaciones. Voy a contarte cómo llegué aquí y por qué, después de tanto tiempo juntos, te tengo que dejar.

Primero empecé con mi mujer. Ya hacía tiempo que no teníamos una buena relación. Yo la quería mucho, era todo para mí, pero ya había tomado una decisión, tenía que separarme de ella y que encima me odiara, me odiara tanto que incluso pudiera desear no volver a verme. Yo sabía que ella nunca me perdonaría la infidelidad; yo no pretendía serle infiel, sólo fingirlo.

Todos los días cogía el coche y pasaba dos o tres horas dentro de él, solo, en un camino apartado del pueblo; después llegaba a casa y fingía que estaba borracho, otros días dormía en el coche, todo para darle a entender que estaba haciendo cosas “poco” legales.

Mis hijos también se estaban dando cuenta de lo que pasaba, pero es más difícil hacer que te odien personas que te han querido tanto. Entonces tuve que tomar alguna medida con ellos. Tuve que cambiar mi actitud. Tuve que pasar de ser un padre tierno a una bestia inhumana, tenía que conseguir que me odiaran a muerte.

Nunca les había puesto la mano encima antes de ese momento, sé que la injusticia no se perdona así como así.

También le pegué a ella. Nada importante, pero lo bastante para que me tuviera miedo. Incluso la amenacé.
Poco tardó la carta con una orden de alejamiento. Ya lo había conseguido, era lo que esperaba, mi propósito. Todo el mundo estaba en contra mía. Era odiado por todos. Si me iba ya no me echarían en falta.

Aproveché la ocasión para marchar. Antes de nada ya había arreglado todas las cuentas del banco y le había dejado la cartilla llena, con suficiente dinero para que pudiera sacar en adelante la familia sin ninguna dificultad.

Hacía ya más de seis meses que había empezado con aquella actitud prepotente. Todo el mundo creía que me había ido con alguna amante. Y nadie se equivocó, fue en ese momento cuando te conocí.

Ahora me despediré de ti también, pero a ti no te quiero mentir. Te dejo por la misma razón por la que dejé a mi mujer, pero contigo es diferente, sé que tú no llorarás por mí. Por eso te cuento la verdad:

Hace ya siete meses que me diagnosticaron una enfermedad terminal. Según el médico, hacía más de un año que la padecía, pero aun no se había manifestado. Me dijo que me quedaban cinco meses de vida. Sé que seguramente ésta sea mi última noche ya que mi cuerpo está prácticamente paralizado, y si no me muero por la enfermedad moriré por deshidratación, ya que las piernas las tengo inútiles y no me puedo mover. Quería suicidarme, pero a lo único que mis manos llegaban era a este papel y a este lápiz.

Sé que si ahora estuviera con mi familia estarían todos alrededor mío, llorando por mí. Sé que el sufrimiento se hubiera prolongado en el tiempo mucho más allá de mi muerte. Me parecía una actitud egoísta y preferí desaparecer de la manera que fuera menos dolorosa para ellos. Reconozco que no fue la mejor manera, pero ahora ellos sé que ya me habrán olvidado. Era mi finalidad.

Todo lo que he hecho lo he hecho por amor a mi familia. Dejando a un lado mi sufrimiento. Ahora ya se acaba. Podré dejar de llorar.

Adiós Soledad. 

lunes, 29 de agosto de 2011

Una lágrima.

Romance de aeropuerto.
Los ojos llorosos aunque sus labios esbozan una sonrisa. Claros y penetrantes que me observan al pasar mientras mantiene una conversación de despedida con alguien que, obviamente, no está allí y echará de menos. Tez morena y pelo castaño claro. Zapatillas, vaqueros y camiseta frambuesa holgada. Su voz fina se entrecorta a causa de una emoción contenida, a la vez que intenta transmitir un mensaje de tranquilidad a su interlocutor. La casualidad o el destino me habían llevado a encontrarme con ella. El corazón me da un vuelco pues me recuerda a alguien muy especial. No puedo evitar mirarla todo el rato. Cuelga el teléfono y le resbala una lágrima por la mejilla. Instintivamente busco el pañuelo de papel que sé que llevo en el bolsillo del pantalón, con la intención de ofrecérselo y así entablar una conversación, y con el valor que me caracteriza, simplemente la observo, sin moverme de mi asiento, esperando el momento, un momento que nunca llega.

La luz que entra por los amplios ventanales del aeropuerto hace relucir su rostro humedecido por las lágrimas, como si del atardecer más bello en el mar se tratara. Me levanto, me acerco a ella y le acaricio suavemente la cara hasta llegar a la parte posterior del cuello. Con la punta de mis dedos juego entrelazándolos en sus cabellos, con el sol parecen más dorados, a la vez que con el pulgar le seco la última lágrima rebelde. Me mira fijamente con los ojos muy abiertos, sorprendida. Hay un salto temporal y aparezco a su lado, paseando, la abrazo por detrás y le beso en el cuello, ella sonríe y siento como mi pulso se acelera y mi estómago parece encogerse a causa de los nervios. De pronto vuelvo a la realidad, ella se ha levantado y se marcha. Yo sigo sentado. ¡Maldita imaginación!
Más tarde regresa otra vez a su asiento, cuatro o cinco lugares nos separan. Parece que también tomará mi avión. Otra persona me saca de mis pensamientos para entablar una conversación, la típica conversación de espera, “a dónde vas”, “qué vas a hacer allí”… Pero yo no dejo de observarla. Por los altavoces nombran mi vuelo e instintivamente mucha gente se acerca a la puerta de embarque. Entre la multitud la pierdo de vista. Yo sigo sentado pues no tengo prisa en subir al avión.
Una vez en la aeronave, parece que mi mente está distraída en otras cosas y ya no recuerdo a la chica. Me levanto para ir al servicio, una escusa para estirar las piernas después de varias horas de vuelo. Al salir del pequeño habitáculo llega mi sorpresa, ella espera fuera, la miro a los ojos pero no le digo nada, aparto la mirada y regreso a mi asiento. Ahora ya la tengo localizada, está unas cuatro filas detrás de mí.
Aterriza el avión en la ciudad gris. Instintivamente la persigo con la mirada, no quiero perderla de vista, siempre unos metros por delante de mí. Esperamos las maletas, en la cinta, ella está justo al otro lado. Puedo verla nerviosa, recorriendo la cinta con la mirada en busca de sus pertenencias. Algo en su cara cambia, se agacha rápidamente, ya tiene lo que buscaba. Yo no. Sigo esperando mis maletas. Ella se marcha. Yo me quedo, impasible, sin poder hacer nada. La miro una última vez alejándose y pienso: “todas las historias de amor tienen un final y éste es el nuestro”.

Dedicado a mi prima Andrea, por el día de su cumpleaños. Un beset!!