lunes, 28 de enero de 2013

El navegante.

Tensó los cabos y escotas correspondientes. Comprobó el estado de la mar y la dirección del viento. Izó la mayor y el foque, y notó cómo las lonas empezaban a hincharse. Puso la mano en la caña del timón y comenzó a temblar.

Habían sido muchos años de adiestramiento. Haz esto, haz lo otro. Virada por avante, por redondo, ceñida y empopada. Botavara, quilla, través. Pero no solo eran palabras. Sabía cómo y cuándo situarse para hacer banda, mirar las lanitas para comprobar que la vela estaba bien direccionada. Incluso una dura preparación física, pues no era algo sencillo lo que se proponía. Al alba salía a correr, hacía pesas, repeticiones, dieta equilibrada. Por la noche estudiaba los mapas, las corrientes marinas, las posibles rutas. Llevaba ya un tiempo racionalizándose el agua, la comida, simulando las provisiones que podría llevar o no en el barco.

Siempre había navegado con instructores que le indicaban qué debía hacer en cada momento y cómo afrontar cada situación. Es verdad que había navegado sólo en ocasiones, aunque siempre cerca de la costa.

En el pueblo pesquero en el que vivía había una curiosa tradición. Todos los años partían un grupo de jóvenes mar adentro. Eran los jóvenes mejor preparados. El resto, permanecía entrenando duro para que llegara la siguiente primavera y poder hacerse a la mar. No era ni una competición ni nada por el estilo, aunque sí que había cierta rivalidad. Siempre estaban los niños pijos, que llevaban los veleros más modernos y preparados, última tecnología con los sistemas de localización por GPS, etc. Y los que se aventuraban con lo que podían, algunos de herencia, otros barcos hechos a mano, con mapas, brújula, sextante. Pero todos apuntaban hacia el horizonte cuando llegaba el día de la partida.

El objetivo era simple. Debían recorrer las mayores distancias, ir a los lugares más recónditos, coleccionar los objetos más estrambóticos y fotografiar todos y cada uno de los detalles de la travesía. No había tiempo límite, podían regresar cuando quisieran. Unos tardaban un par de semanas, otros varios meses, siempre estaban los que regresaban un par de años después y estaban los que se les daba por perdidos pero volvían al cabo de diez o quince años, incluso hubo quien regresó treinta años después. Pero no todos retornaban. Era un reto peligroso, había quienes nunca regresaban y no se volvía a tener noticias de ellos. 

Partían todos a la vez, pero siempre arribaban a puerto en cuentagotas. Era un espectáculo, la noticia de la vuelta de un navegante corría como la pólvora, y todos los del pueblo se arremolinaban en el puerto para darle la bienvenida. Las historias variaban de unos a otros, así que siempre era un gran acontecimiento y preparaban una cena en la plaza mayor para que el navegante contara su hazaña. No obstante, los rumores siempre predecían. “Dicen que estuvo dos semanas encallado en un arrecife y tuvieron que rescatarlo unos pescadores” o “Me han dicho que llegó a un pueblo donde hizo negocio, y ganó tanto que se compró un barco mejor”, “No ha estado ni una semana, y es la cuarta vez que intenta salir ya. Este muchacho no hará nada”, de cada cual chismeaban una cosa. Los había quienes tenían mucha suerte, habían trabajado y viajado, habían comprado recuerdos para todos, y llegaban como grandes aventureros al cabo de los años, aunque muchos de estos se habían dedicado a ir bordeando la costa, por el camino fácil. Otros contaban tremendas hazañas en el mar, tormentas increíbles, naufragios, islas deshabitadas y largas jornadas perdidos en medio del océano, rodeados de las criaturas marinas más bellas. También estaban los que regresaban varios en un mismo barco. Habían unido sus fuerzas y así habían conseguido sobrevivir. Y quienes traían restos de los que habían perecido en la mar.


No todos los jóvenes partían. Siempre había alguno que postergaba su viaje año tras año y nunca partía, se quedaba en el puerto reparando barcos, ayudando en la taberna, etc. También estaban los que partían más de una vez, los que nunca se rendían pese a haber tenido muy mala suerte en sus anteriores expediciones. 

Pero había que dejar de vivir de las historias de los demás. Ya era hora de que él escribiera la suya propia, de sentir en su propia carne qué era aquello de lo que tanto hablaban. Tenía ganas, se moría de ganas, la impaciencia por conocer se le comía por dentro. Pero ya lo había intentado dos veces antes de aquella, y no había sido capaz de salir del puerto. Siempre tenía alguna escusa, “me olvidé de carenar, así no puedo salir”, “tengo la brújula rota”, “prefiero ahorrar durante un año más y comprar una vela mejor”…  

Los días de antes se había reunido con sus compañeros. La mayoría tenía ya las rutas trazadas. Siempre estaba el de “yo voy a seguir la misma ruta que hizo mi padre”. O el que tenía muy claro que su primer destino sería Singapur. Pero él no sabía, era incapaz. “¿Tú que vas a hacer? ¿Cuál será tu rumbo?” “Pues quizás voy hacia el sur, o hacia el norte, tal vez sea oeste”, pero nunca había una respuesta clara y convincente. Había días que se levantaba y parecía que lo tenía muy claro, “quiero ir a China”, pero siempre había alguien que lo desanimaba, “ve con cuidado, hay muchos chinos en china, y no los vas a entender a todos”. 

Había llegado el momento, era la hora, no podía pasar un año más. Contó de nuevo las provisiones. Repasó el estado de cada una de las partes del barco. Esta vez recién carenado, recién pintado, brújula nueva, no podía faltar nada. Se miró en el espejo antes de salir de casa, por última vez. Vio a alguien joven, lleno de ilusión, de fuerza, de sueños. Intentó imaginar cómo sería su reflejo a la vuelta. Con el pelo más largo, dorado por el sol y el salitre. Quizás con alguna cicatriz. Volvió a mirarse a los ojos, y vio el miedo, vio la angustia. Cerró los ojos. Todo se volvió negro. Respiró hondo, y al soltar el aire imaginó que estaba en su barco, y que con el aire que exhalaba de sus pulmones era capaz de moverlo. Volvió a abrir los ojos y vio de nuevo al joven en el espejo. Su reflejo.

Cruzó las crujientes tablas del pantalán cargado con el último petate de provisiones y utensilios. De un bote se subió al velero y éste le respondió con un balanceo de bienvenida. Unas notas alegres que surcaban el ambiente, provenientes de la banda municipal, amenizaban la despedida. “Y recuerda” escuchó de pronto, era la voz de su padre que estaba en el pantalán, “no te desesperes si al principio te cuesta salir de la bahía, es por la corriente del cabo, ya lo sabes. Después cruzarás el estrecho, es una zona complicada y es posible que haya tormenta. Si eres capaz de aguantar un par de meses, después ya vendrá la calma, y ahí todo dependerá de ti.” Se fundieron en un abrazo. “Suerte, y siempre la vista hacia adelante”.

De pronto, se elevó por encima de sus cabezas el seseante cohete para desintegrarse en un sonoro estallido. Marcaba la hora de partir. Tensó los cabos y escotas correspondientes. Comprobó el estado de la mar y la dirección del viento. Izó la mayor y el foque, y notó cómo las lonas empezaban a hincharse. Puso la mano en la caña del timón y comenzó a temblar. Su padre soltó el amarre. Sabía que él lo soltaría, pero no miró atrás para comprobarlo. Notó cómo se deslizaba suave sobre el agua. Como el ladrón perfecto de guante blanco. Había llegado la hora de tomar decisiones, de seguir un rumbo. De ir a la popa de otro navegante, dejarse llevar por la corriente, de no alejarse demasiado de la costa, de no perder de vista su pueblo. O bien de poner rumbo hacia el horizonte, ir de frente a la tempestad, plantarle cara a la vida, tomar sus propias decisiones, asumir sus errores, arriesgar por rutas desconocidas, no ser un vulgar navegante, ser “el navegante”, el navegante que regresa triunfante con la cabeza bien alta, el que está orgulloso de lo que ha hecho. 

Todos navegaban rumbo sudeste. Sabía que esa dirección les llevaba a otro pueblo pesquero cercano, seguramente pensaban pasar allí la noche. De pronto un escalofrío le pasó por la espalda. Sabía que ese no era su lugar. No quería pertenecer a “la flota”. Su rumbo iba a ser diferente y lo iba a marcar él desde el principio, así que empujó la caña pasando por debajo de la botavara. Había una nube negra en el horizonte y ese era su destino. Muchos pensaron que estaba loco, que para qué arriesgar tan pronto. Todos desconocían qué había detrás de aquella tormenta y el único que al final lo supo fue él.

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